En inglés, holandés, alemán y otros idiomas, el verbo "tocar" (en el sentido de tocar un instrumento) comparte vocablo con el verbo "jugar". Lástima que la evolución del español nos haya privado de esta interesante conexión lingüística.
En mi opinión y experiencia, música y juego son indisolubles, y con ello me refiero al juego tal y como lo describe Desmond Norris en El mono desnudo:
Las reglas del juego se definen a continuación:
1. Investigarás lo desconocido hasta que se vuelva familiar
2. Le impondrás repetición rítmica
3. Le buscarás todas las variantes posibles
4. Elegirás la más interesante de las variantes y la desarrollarás a costa de las otras
5. Combinarás y recombinarás las variantes, la una con las otras
6. Todo esto lo harás desinteresadamente, sin otra finalidad
En el mundo de la música llamada 'clásica' se suele desestimar el factor lúdico de la interpretación y del estudio de la música, a pesar de que es relativamente sencillo encontrar similitudes entre el juego de un niño que repite las mismas acciones una y otra vez, y la práctica de un músico que itera un motivo, un movimiento, a veces un sólo sonido, buscando nuevos matices cada vez. Matices que muchas veces son ilógicos, incomprensibles, incluso inaudibles, para quien contempla desde fuera.
Cierto es que niños y músicos difieren en el sexto punto. El juego de los músicos nunca es totalmente desinteresado, ya que siempre persigue una finalidad (concreta o intuída, material o inmaterial). Aún así, la música puede convertirse en juego auténtico cuando el intérprete, absorto en su actividad, olvida totalmente sus objetivos.
Ayer asistí a un recital de flauta dulce de Walter van Hauwe en el Conservatorio de Ámsterdam. En mi experiencia, los mejores momentos del concierto fueron aquellos en los que van Hauwe realmente 'jugaba' en vez de 'tocar'. Momentos en los que parecía olvidarse de la 'finalidad' de su interpretación, dejándose llevar por el placer de repetir ciertos pasajes de un repertorio que conoce a la perfección desde hace años.
Como propina, Van Hauwe improvisó, a la manera de su antiguo alumno Laurens Tan, sobre un sólo motivo; imponiéndole repetición rítmica, buscando todas las variantes posibles, desarrollando las que más le interesaban, combinándolas y recombinándolas. Para mí, estos dos minutos de juego auténtico, sin finalidad aparente, fueron lo mejor de la velada.
martes, 2 de febrero de 2010
viernes, 22 de enero de 2010
Bibliotecas
Ayer visité la biblioteca de la sección de musicología de la Universidad de Utrecht, buscando nuevo repertorio para Seldom Sene. Recuerdo que uno de los primeros consejos que recibí de mis compañeros músicos cuando llegué a Holanda, fue que visitara este lugar, y allí he pasado muchas horas. Para mí, esta biblioteca era un ejemplo de "tolerancia musical", un lugar accesible, donde también aquellos que no pertenecen a la Universidad de Utrecht podían pasar horas hojeando partituras y copiar por un precio razonable aquello que les interesara.
Recientemente, la colección de humanidades ha pasado a formar parte de la biblioteca central de la Universidad. Ayer me sorprendió el nuevo aspecto y distribución del edificio, que ha estado en obras varios meses. Supongo que la renovación persigue una mejor organización y quizás también proveer un espacio más agradable y apto para el estudio.
Yo, sin embargo, prefería la vieja biblioteca. Primero, por aspectos prácticos: ¿qué necesidad hay de mover la sección de partituras a una habitación aislada en el sótano, donde la temperatura es de unos 35 grados centígrados? Y ¿por qué no hay carteles indicando dónde se encuentran las diversas colecciones? Espero que estos detalles mejoren a corto plazo - el edificio está recién abierto y es posible que queden algunos aspectos por pulir.
Pero mi gran pregunta es, ¿por qué ya no se pueden hacer fotocopias sin ser miembro de la biblioteca? Con esto, Utrecht deja de ser un pequeño paraíso para estudiantes y músicos.
Quizás haya una solución - una tarjeta a bajo precio para poder usar los servicios de la biblioteca durante un día, una inscripción a bajo precio para estudiantes de fuera de Utrecht, colaboración con otras universidades e instituciones. Pero la obsesión por el control parece haber llegado a Utrecht, y sigue colándose en cada aspecto de nuestra vida gracias a la tecnología. Dentro de un tiempo todos viajaremos con una tarjeta chip en el transporte público - en Holanda ya se está introduciendo- y cada uno de nuestros desplazamientos quedará registrados para siempre. Cada día somos un poquito menos libres.
Recientemente, la colección de humanidades ha pasado a formar parte de la biblioteca central de la Universidad. Ayer me sorprendió el nuevo aspecto y distribución del edificio, que ha estado en obras varios meses. Supongo que la renovación persigue una mejor organización y quizás también proveer un espacio más agradable y apto para el estudio.
Yo, sin embargo, prefería la vieja biblioteca. Primero, por aspectos prácticos: ¿qué necesidad hay de mover la sección de partituras a una habitación aislada en el sótano, donde la temperatura es de unos 35 grados centígrados? Y ¿por qué no hay carteles indicando dónde se encuentran las diversas colecciones? Espero que estos detalles mejoren a corto plazo - el edificio está recién abierto y es posible que queden algunos aspectos por pulir.
Pero mi gran pregunta es, ¿por qué ya no se pueden hacer fotocopias sin ser miembro de la biblioteca? Con esto, Utrecht deja de ser un pequeño paraíso para estudiantes y músicos.
Quizás haya una solución - una tarjeta a bajo precio para poder usar los servicios de la biblioteca durante un día, una inscripción a bajo precio para estudiantes de fuera de Utrecht, colaboración con otras universidades e instituciones. Pero la obsesión por el control parece haber llegado a Utrecht, y sigue colándose en cada aspecto de nuestra vida gracias a la tecnología. Dentro de un tiempo todos viajaremos con una tarjeta chip en el transporte público - en Holanda ya se está introduciendo- y cada uno de nuestros desplazamientos quedará registrados para siempre. Cada día somos un poquito menos libres.
jueves, 31 de diciembre de 2009
Año viejo, año nuevo
Aunque la Nochevieja no es mi fiesta favorita, he de reconocer que tiene su encanto. Especialmente los últimos años, desde que salí de España, he aprendido a apreciarla como una oportunidad para re-establecer contacto con los "viejos amigos" y para reflexionar por un momento sobre mi situación personal y sobre mi entorno.
Es verdad que tendemos a repetir la frase "feliz año" hasta el punto en que llega a vaciarse de significado, y que quizá muchas veces lo decimos por compromiso. Aún así, las felicitaciones típicas de estas fechas son una buena excusa para conversar brevemente con personas que hemos ido encontrando durante nuestra trayectoria vital pero con las que hemos perdido el contacto diario. Correos electrónicos, pequeños mensajes, tarjetas, nos recuerdan que estas personas "están ahí" y que piensan en nosotros, que vivimos en su memoria igual que ellos en la nuestra. Amistades "durmientes" o simpatía que nunca expresamos se cristaliza entre líneas.
También asocio la Nochevieja con el típico balance del año que termina, y los inevitables planes para el que comienza. En mi caso, el 2009 ha sido un año muy satisfactorio en lo profesional y en lo personal, y, como suele suceder, las mejores cosas fueron las que no había planeado hace un año mientras hacía la misma reflexión. Espero que a todos los lectores de este Blog les sorprenda la vida en el 2010 con momentos emocionantes y que encuentren instantes de verdadera felicidad entre la rutina, los problemas grandes y pequeños, y los altibajos que son parte esencial de la existencia.
Es verdad que tendemos a repetir la frase "feliz año" hasta el punto en que llega a vaciarse de significado, y que quizá muchas veces lo decimos por compromiso. Aún así, las felicitaciones típicas de estas fechas son una buena excusa para conversar brevemente con personas que hemos ido encontrando durante nuestra trayectoria vital pero con las que hemos perdido el contacto diario. Correos electrónicos, pequeños mensajes, tarjetas, nos recuerdan que estas personas "están ahí" y que piensan en nosotros, que vivimos en su memoria igual que ellos en la nuestra. Amistades "durmientes" o simpatía que nunca expresamos se cristaliza entre líneas.
También asocio la Nochevieja con el típico balance del año que termina, y los inevitables planes para el que comienza. En mi caso, el 2009 ha sido un año muy satisfactorio en lo profesional y en lo personal, y, como suele suceder, las mejores cosas fueron las que no había planeado hace un año mientras hacía la misma reflexión. Espero que a todos los lectores de este Blog les sorprenda la vida en el 2010 con momentos emocionantes y que encuentren instantes de verdadera felicidad entre la rutina, los problemas grandes y pequeños, y los altibajos que son parte esencial de la existencia.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Trenes
Desde hace mucho tiempo siento una enorme fascinación por el transporte público, en muchos sentidos. Siempre me pregunto, por ejemplo, quién planifica las rutas, esquemas y horarios de los trenes, autobuses y aviones, o medito sobre la confianza que depositamos en los conductores y pilotos que nos llevan, y lo duro que es su trabajo (¿quién querría ser maquinista en Holanda sabiendo que se producen unos 180 suicidios al año en los que la víctima salta ante un tren en marcha?) o sobre la idea de que Europa y Asia están interconectadas por una red inmensa de carreteras y vías de ferrocarril (la vieja idea de que todos los caminos llevan a Roma...).
Pero uno de los aspectos más interesantes del transporte público es que se ha convertido en una herramienta indispensable para vivir como vivimos. Dormimos en una localidad, trabajamos en otra, nos desplazamos de un lado a otro y consultamos los horarios por Internet o en el móvil, planificando nuestros movimientos al minuto y ajustando la agenda al máximo.
El pasado jueves hubo una avería en la línea de tren entre la localidad donde vivo y Ámsterdam, alrededor de las ocho de la mañana. Cientos de personas que entran al trabajo a las nueve se vieron obligadas a viajar usando una ruta diferente. Las consecuencias: cientos de llamadas y mensajes de móviles, trenes abarrotados, un buen negocio para la cafetería de la estación (la cola daba varias vueltas al pequeño edificio) y una situación muy interesante para observar. Entre los comentarios de la gente, destaco el de: "Tenían que haber puesto autobuses de immediato, ¿es que no ven que vamos a llegar tarde al trabajo?". Por no mencionar la forma en que la multitud se lanza cuando por fin llega un tren, para no quedarse en el andén.
La modernidad nos ha hecho depender de máquinas, estructuras, circunstancias que no podemos controlar... Y cuando algo falla, nos sentimos indefensos y confusos, y en la anonimidad de la multitud, damos rienda suelta al egoismo en pequeña escala.
Pero uno de los aspectos más interesantes del transporte público es que se ha convertido en una herramienta indispensable para vivir como vivimos. Dormimos en una localidad, trabajamos en otra, nos desplazamos de un lado a otro y consultamos los horarios por Internet o en el móvil, planificando nuestros movimientos al minuto y ajustando la agenda al máximo.
El pasado jueves hubo una avería en la línea de tren entre la localidad donde vivo y Ámsterdam, alrededor de las ocho de la mañana. Cientos de personas que entran al trabajo a las nueve se vieron obligadas a viajar usando una ruta diferente. Las consecuencias: cientos de llamadas y mensajes de móviles, trenes abarrotados, un buen negocio para la cafetería de la estación (la cola daba varias vueltas al pequeño edificio) y una situación muy interesante para observar. Entre los comentarios de la gente, destaco el de: "Tenían que haber puesto autobuses de immediato, ¿es que no ven que vamos a llegar tarde al trabajo?". Por no mencionar la forma en que la multitud se lanza cuando por fin llega un tren, para no quedarse en el andén.
La modernidad nos ha hecho depender de máquinas, estructuras, circunstancias que no podemos controlar... Y cuando algo falla, nos sentimos indefensos y confusos, y en la anonimidad de la multitud, damos rienda suelta al egoismo en pequeña escala.
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